Book: El habla de un bravo del siglo XVII



El habla de un bravo del siglo XVII

Discurso de entrada de D. Arturo Pérez-Reverte en la Real Academia Española, leído el 12 de junio de 2003, así como la contestación de D. Gregorio Salvador

En sus propias palabras «trata del habla de un delincuente, de un bravo. Un valentón, en este caso, de los que en el Siglo de Oro vivían mitad de las mujeres, mitad de alquilar su espada, o su cuchillo: un rufián, o jaque. Han transcurrido cuatro siglos, y esa jerga del hampa, riquísima, barroca, salpicada de rezos y blasfemias, no está muerta ni es una curiosidad filológica… Además de su influencia en el español que hablamos hoy, la germanía del XVI y XVII es un deleite de ingenio y una fuente inagotable de posibilidades expresivas… Con esa habla quiero contarles una historia… Tal es el privilegio del escritor de ficción que maneja una lengua tan hermosa como la nuestra. Con esa lengua (y esto no es en absoluto una obviedad) he construido este discurso.»



El habla de un bravo del siglo XVII

Arturo Pérez-Reverte

El habla de un bravo del siglo XVII

DISCURSO DE INGRESO EN LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA DE LA LENGUA



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Zaucio Olmian 07.08.13




Título original: El habla de un bravo del siglo XVII

Arturo Pérez-Reverte, 12/06/2003

Diseño de portada: Zaucio Olmian

Editor digital: Zaucio Olmian

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El habla de un bravo del siglo XVII







Señores Académicos:

Estar aquí esta tarde es favor altísimo y honra siempre codiciada, en palabras que son venerables en este recinto. Aunque ese favor y esa honra yo no los hubiera codiciado nunca, ni los imaginara siquiera, hasta que ilustres miembros de esta institución, a la mayor parte de los cuales no conocía sino por su prestigio, trabajo y magisterio, me hicieron el inmenso honor de proponer mi nombre para ocupar el sillón de la letra T.

Eso me ha colocado en una doble incomodidad. Primero, por encontrarme hoy aquí, en lugar de otros escritores cuyo trabajo admiro y respeto. Y también porque quien me precedió en el sillón que hoy ocupo fue el profesor don Manuel Alvar. Cualquier orgullo o satisfacción que yo pueda sentir por hallarme aquí se templa y hace modesto ante su obra y su recuerdo.

Con profundo respeto y agradecimiento, como escritor que trabaja con la lengua española que el profesor Alvar tanto amó, tengo que recordar a mi insigne predecesor en este sillón que me dispongo a ocupar. Y por si no bastara el inmenso caudal de su obra, y mi deuda (nuestra deuda) con ella, tengo el privilegio de que algunos de sus discípulos, de esas decenas de miles que tiene repartidos por el mundo de habla hispana, sean mis amigos; y en boca de ellos obtuve hace tiempo la costumbre de pronunciar siempre el nombre de don Manuel Alvar con veneración absoluta. Es difícil contar todo lo que hizo. Sería más fácil hacer recuento de lo que no hizo, al mencionar la obra de este pionero en la globalización de la filología española. Doctor honoris causa de 25 universidades, adelantado en el estudio del español del sur de los Estados Unidos y en el análisis de la sociolingüística al estudiar el español de las Canarias, el hondo saber de aquel maestro indiscutible de la dialectología española abarcó historia de la lengua, sociolingüística, toponimia, literatura contemporánea, literatura medieval, cronistas de Indias, fonética, poesía popular, lengua y literatura sefardí, y culminó en la titánica obra de los atlas lingüísticos, donde trazó la casi totalidad de la geografía del español; con especial atención a esa América que, en sus propias palabras, fue su ventana, desde el norte del río Bravo hasta la Tierra del Fuego, desde Puerto Rico hasta Ecuador. Y entre sus 40.000 páginas escritas y 859 títulos publicados, dos de esos títulos pueden considerarse un manifiesto oportunísimo para estos tiempos y esta Casa: Variedad y unidad del español y La lengua como libertad.

Con esa lengua hermosa y libre a la que el profesor Alvar dedicó su vida entera, trabajo como escritor, como novelista, desde hace diecisiete años. Por eso hoy elijo un asunto que me es querido y familiar, desde que en 1995 empecé una serie de novelas históricas ambientadas en el siglo XVII, con intención de explicar, a la generación de mi hija, la España en la que hoy vivimos. Somos lo que somos porque, para bien o para mal (a menudo más para mal que para bien), fuimos lo que fuimos. En ese intento por recuperar una memoria ofuscada por la demagogia, la simpleza y la ignorancia, elegí como protagonista a un soldado veterano de Flandes que malvive alquilando su espada. El trabajo de ambientación histórica y el necesario rigor del lenguaje me llevaron a adentrarme, también, por los vericuetos fascinantes del habla de germanía: esa lengua marginal, paralela a la general y en continua interacción con ella, que ha evolucionado con el tiempo para conservar su utilidad hermética; y que hoy es lo que algunos llamamos golfaray: el argot de los delincuentes y de las cárceles. Pues, como ya apuntaban las jácaras del siglo XVI:

Habla nueva germanía

porque no sea descornado;

que la otra era muy vieja

y la entrevan los villanos. [1]

Con cuatro novelas de esa serie escritas y con una quinta a punto de acabar, el asunto me resulta cercano. Por eso decidí que mi discurso de entrada en la Real Academia Española trataría del habla de un delincuente, de un bravo. Un valentón, en este caso, de los que en el Siglo de Oro vivían mitad de las mujeres, mitad de alquilar su espada, o su cuchillo: un rufián, o jaque. El habla de esa gente quedó recogida en una abundante literatura contemporánea, incluidas brillantes páginas realistas de los más grandes autores de aquel tiempo; no en vano por la cárcel de Sevilla, por citar sólo una, pasaron Mateo Alemán y Miguel de Cervantes (nada tiene que ver el idealismo con lo que se decía en el patio de Monipodio). Han transcurrido cuatro siglos, y esa jerga del hampa, riquísima, barroca, salpicada de rezos y blasfemias, no está muerta ni es una curiosidad filológica. Además de su influencia en el español que hablamos hoy, la germanía del XVI y XVII es un deleite de ingenio y una fuente inagotable de posibilidades expresivas. A menudo recurro a ella en mis novelas sobre el Siglo de Oro español, y les aseguro (o son mis lectores quienes lo hacen) que, debidamente contextualizada, todavía funciona. Para demostrarlo, con esa habla quiero contarles una historia. En parte me beneficio del trabajo de otros: profesores y estudiosos, algunos de los cuales se sientan en esta Real Academia. En el resto, de mis lecturas. En todo caso, he querido utilizar para este discurso de ingreso mi propia biblioteca: los libros con los que documento las novelas del capitán Alatriste. Por eso esto debe considerarse no una pretensión de filólogo o lexicógrafo, sino una aproximación como lector. Como lector, insisto, que accidentalmente escribe novelas. Como corsario ante un rico botín que saqueo sin escrúpulos, a fin de narrar con la mayor eficacia posible. Tal es el privilegio del escritor de ficción que maneja una lengua tan hermosa como la nuestra. Con esa lengua (y esto no es en absoluto una obviedad) he construido este discurso.







EL HABLA DE UN BRAVO DEL SIGLO XVII

El bravo, el valentón, se levanta tarde. La noche, que él llama sorna, es su territorio; y a veces, para su gusto y oficio, algunas clareas (algunos días) tienen demasiada luz. Ya empieza a bajar el sol sobre los tejados de la ancha, la ciudad (que en este caso es Madrid), cuando nuestro hombre se echa fuera de la piltra, carraspeando para aclararse la gorja. Se le nota en la cara, que él llama sobrescrito, en lo desordenado de los bigotes y en los ojos inyectados en sangre, que anoche y hasta de madrugada dio a la bufia y besó el jarro más de lo prudente, que el sueño ha sido escaso, y que la borrachera, la zorra, aún está a medio desollar. Era de lo fino, por supuesto. De lo caro. Y de remate, para terminar de cargar delantero, otro vino dulce como alquitara de monja moza, y espeso como sangre de Cristo. El caso es que nuestro jaque se lava un poco, y tras mirarse en el azogue la zanja que le santigua la cara (recuerdo de una cuchillada, o jiferazo, de seis puntos, porque a veces es uno quien madruga, y otras veces nos madrugan otros), se compone con parsimonia los bigotes, que son fieros, de guardamano, apuntándole mucho a los ojos. Que entre la gente de la carda, o de la hoja, la valentía se estima según el tamaño de los bigotes, la barba de gancho y el mirar zaino, valiente, de quien es (o parece) capaz de reñir con el Dios que lo engendró. Pues él es uno de esos de quienes dice la jácara:

En ese mar de la Corte

donde todo el mundo campa,

toda engañifa se entrucha

y toda moneda pasa;

donde sin ser conocidos

tantos jayanes del hampa

tiran gajes, censos cobran

de las izas y las marcas;

donde, haciendo punto de honra

esto de la vida ancha,

andan como cazadores

viviendo de lo que matan. [2]

Se viste nuestro bravo, tintineándole al cuello el crucifijo de plata y las medallas de santos (que en la España del rey católico, paladín de la verdadera religión, una cosa no quita la otra). En lo terrenal, lo suyo no es indumento de lindo, sino propio de la jacarandaina. Un poco a lo soldado, pese a no haberlo sido nunca. A él, las guerras de Flandes y de Italia le pillan demasiado lejos, y es de los que dirían, en palabras de Lope:

Bien mirado, ¿qué me han hecho

los luteranos a mí?

Jesucristo los crió,

y puede, por varios modos,

si Él quiere, acabar con todos

mucho más fácil que yo. [3]

El caso es que se viste, como decía, con aires de mílite, cosa a menudo propia de la gente de la hojarasca. Aunque no haya oído en su vida zurrear de veras un arcabuzazo, y al turco y al luterano no los conozca sino de los corrales de comedias, él y sus compadres suelen dárselas de veteranos de los tercios o de las galeras del rey. Y alguno lo es, en efecto; pero no de tragafuegos de cubierta, sino como bogavante en gurapas: como galeote. El caso es que el valentón se pone la camisa, que no es lo que en jerga de su oficio llaman una cairelota, una camisa elegante, sino una lima sencilla, y no muy limpia (nuestro jaque ignora, por supuesto, que esta palabra, lima por camisa, como varias de su parla, seguirá utilizándose en el golfaray que hablarán los delincuentes del siglo XXI; habiéndose perdido, sin embargo, otras variantes como alcandora, amiga, carona, hermana, prima y certa, o serta). Se pone luego el bravo los alares (palabra que también ha llegado hasta la jerga rufianesca de nuestro tiempo), que en el siglo XVII no se llaman todavía pantalones, sino calzones: gregüescos, en este caso, más modernos que las calzas a las que, en tiempos de su padre y su abuelo, los hampones honraban con los nombres germanes de leonas o follososas. Enfunda luego las gambas en las cáscaras, las medias, y después se calza lo que algunos germanes llaman duros, o pisantes, pero que él prefiere denominar calcos, tal vez porque le suena (y así es, aunque él no lo sabe) palabra más culta e hidalga (otra, por cierto, que llegará también hasta nuestros días), y porque el acto de poner pies en polvorosa, propio de su oficio sobre todo cuando asoma gurullada de alguaciles y corchetes, suena más digno cuando se lo define con la palabra calcorrear. Pues los hombres de hígados como nuestro bravo no se van, sino que se alonan. No corren, sino calcorrean. Nunca huyen, sino que se trasponen, se alargan, redoblan, las afufan o se van al ángel. Sin olvidar la expresión más común en el ambiente: peñas y buen tiempo.

Y viendo que a la Justicia

quien no temerla codicia

ni noble ni cuerdo es,

volví la espalda, y huyendo

en vuestra casa me entré. [4]

Completa nuestro bravo su indumento con unas grullas o polainas sobre los calcos, que abotona con parsimonia, y luego busca la carlanca: un cuello de camisa con pretensiones de valona, usado de tres días y almidonado de grasa, pero no hay otro. Después se pone el apretado, o jubón. Por su oficio debería cubrirse el torso con un coleto de ante o de cuero, como de soldado, o mejor con un jaco o cota de malla, también llamada once mil o cofradía; pero las premáticas del rey nuestro señor lo prohíben para el callejeo. De manera que se conforma con lo que él llama un cotón doble: un jubón forrado de estopilla, con más remiendos que el parche de un tambor en Flandes, y que a un arrojado de braveza siempre lo ayuda algo cuando granizan cuchilladas. Así vestido, el valentón mete en la sacocha de la goda (así llama al bolsillo de la derecha) la bolsa, en germanía cuadrada o cigarra, que tras el apiorno de anoche anda ligera, cargada sólo con unos pocos charneles. Y en el puño del jubón, sobre la cerra lerda (la mano izquierda), introduce un mocante de lienzo fino, primorosamente bordado por su marca, su hembra, una bachillera del abrocho que es anzuelo de su bolsa en una manfla (una mancebía) de la calle de la Comadre. Pues nuestro bravo puede responder, como el soldado de la comedia lopesca, en Zalamea:

-Me parece

que no es mujer para mí.

-Pues para mí, señor, sí,

cualquiera que se me ofrece. [5]

Después mira por la ventana. El tiempo no es malo; pero a la noche, refresca. Mejor capa que herreruelo. Descarta, pues, el bonito y recurre a la abuela, también llamada red, o pelosa. Antes de ponérsela sobre los hombros, por supuesto, nuestro rufo se ciñe los instrumentos propios de su oficio: tachonado de cuero, que así llama él al cinto, con espada, o mejor toledana, de cazoleta y grandes gavilanes, larga de seis o siete jemes, casi palmos, a la que él gusta llamar centella y a veces durindana: esto último porque, aunque apenas sabe escribir (y se le da una higa, porque en España nunca fue de hidalgos leer ni hacer buena letra), nuestro bravonel posee una cultura elemental, popular, procedente de los corrales de comedias, las jácaras y los romances oídos en los mentideros, en las tabernas y en las plazas. Como una de sus loas favoritas, la de la Espada, que se sabe de memoria:

No estoy solo, pues me guarda

esta espada que me ciño.

El que la lleva a su lado

lleva cruz, defensa, amigo,

valor, adorno, nobleza,

honra, desenfado, aviso. [6]

Aunque en realidad su gusto tiende más al lenguaje de la jacaranda, que es su garla, y en la que se encuentra más a sus anchas cuando oye eso de:

A la capa llama nube,

dice al sombrero tejado,

respeto llama a la espada,

que por ella es respetado. [7]

O lo de:

Mató a su padre y su madre

y un hermanito el mayor;

dos hermanas que tenía

puso al oficio trotón. [8]

En fin. Por aquello de que para ir artillado más vale que sobre y no que falte, completa nuestro bravo el equipo con una ganchosa vizcaína: una daga de ganchos, atravesada en los riñones y al alcance de la zurda, lista para salir como un relámpago. Que, en el oficio de valentía, hombre precavido mata por dos, o por siete; y en materia de madrugarle al prójimo siempre valió más una hora antes que un minuto después. Pues nuestro bravote es de aquellos a quienes hacía decir Calderón:

¿Y cuántos hombres son estos

que he de matar? Porque vaya,

con que si no son cincuenta,

con menos no hacemos nada. [9]

Y como en materia de precauciones nunca hay nada superfluo, también esconde en la caña de la grulla goda, o polaina derecha, lo que nosotros llamaríamos cuchillo, pero que él prefiere llamar desmallador: cachas amarillas, corto y de filo bien amolado (pieza clave, ésta, en la panoplia de cualquier alentado que se precie, y que se conoce también, en el oficio, por los elocuentes nombres de filosillo, secreto, agujón, barahustador y enano). Así equipado, nuestro rufián requiere el gavión o chapeo, el sombrero, que él prefiere llamar tejado, y que es de mucha falda, con toquilla y pluma. Se lo arrisca a lo bravonel y sale a la calle con mucho ruido del hierro que carga encima y el andar arrufaldado y zambo (nosotros diríamos chulesco) de los valientes:

Rebosando valentía

entró Santurde el de Ocaña;

zaino viene de bigotes

y atraidorado de barba.

Un locutorio de monjas

es guarnición de la daga,

que en puribus trae al lado

con más hierro que Vizcaya. [10]

Cruza la plaza procurando no pisar los cagajones de las caballerías, y su ojo avisado advierte los trajines de la vida que late alrededor. El sitio es de posadas: bullen foranos, buscavidas, daifas de medio manto, acechonas encubiertas que traen dueñas para florear a incautos, ociosos y mendigos, o capachas, con mutilaciones reales o fingidas que, de creerlos, estuvieron en Amberes, en Nieuport y hasta en Lepanto, y que andan a la brivia pidiendo limosna de la manera que suelen los mendigos españoles: con muchos fieros y palabras arrogantes, como si el sonante se les debiera por derecho, y la única forma de disculparse con ellos fuese decir: «perdóneme vuesamerced, pero hoy no llevo dineros». Que en España, hasta los mendigos dicen aquello de:

Entre nobles no me encojo;

que, según dice la ley,

si es de buena sangre el rey

es de tan buena su piojo. [11]

Más allá, a la puerta de una bayuca, entre las mesas con jarras de vino, un anciano de pelo blanco y aspecto hidalgo pide por la doncella (un timo tan frecuente en la época como todavía en nuestro tiempo el tocomocho) a la busca de un palomo al que sangrar la bolsa de dineros, o armas reales. También los de la cofradía del agarro hacen su vendimia: bruhadores y peinabolsas se dan en gavilla:

Murciélagos de la garra,

avechuchos de la sombra,

pasteles en recoger

por todo el reino la mosca. [12]

Muchas del centenar largo de variantes que en germanía del XVII debe de tener la palabra ladrón según las diversas especialidades (de puta habrá más de ochenta) se dan en la ciudad, en este cuartel y en esta plaza: bailes, caleteros, cicarazates, comadrejas, apóstoles, picadores (que perviven hoy en la palabra piqueros, o carteristas), lechuzas, cachucheros, alcatiferos, golleros, sanos de Castilla, farabustes, ciquiribailes, buzos, cherinoles, doctores del araño, murcios, filateros, águilas de flores llanas. Incluida, entre muchas otras, una que todavía se usa: juanero. Ladrón especializado en aliviar de peso, hoy euros como antaño maravedises, los juanes, o juanillos: los cepillos de las iglesias.

Con el fieltro hasta los ojos,

con el vino hasta la boca

y el tabaco hasta el galillo,

pardo albañal de la cholla,

columpiando la estatura

y meciendo la persona,

Zampayo entró, el de Jerez,

en casa Maripilonga. [13]

Llega así el bravo hasta una taberna, la que más frecuenta porque el vino es turco (no ha sido bautizado con agua) y porque tiene puerta trasera por donde guiñarse o alargarse si a los vellerifes del Sepan Cuántos, o sea, los alguaciles y corchetes de la Justicia (los acerradores o alfileres de la gura), se les ocurre caer por allí con intención de hospedar por cuenta del rey a algún parroquiano. Entra el rufo en la bayuca retorciéndose los bigotes, el aire peligroso y de muchos fieros, poniendo el baldeo en gavia, o sea, apoyando la mano en el pomo de la espada para que ésta le levante la capa por detrás, a lo bravo. Dándose además mucho toldo, porque nuestro hombre gusta, como todos sus camaradas de la carda (y como todos los españoles en general), de apellidarse hijodalgo, muy Mendoza y Guzmán y cristiano viejo por línea directa de los godos. Que en nuestro siglo XVII (y la cosa estuvo lejos de terminar ahí) hasta los sastres y los zapateros se colgaban espada y eran don Fulano y don Mengano.

Mándame quemar por puto

si no valiere un millón,

imponiendo en cada Don

una blanca de tributo. [14]

Lo que tampoco se resume mal en aquellos otros versos lopescos que no han perdido, por cierto, su vigor ni su sentido en cuatro siglos:

¡Oh, españoles fanfarrones,

todos voces y palabras!

Nidos sois de la soberbia,

allí le nacen las alas. [15]

Pero volvamos al bravonel. Por muchos dones y fieros que se ponga, nuestro jayán es alfarachado de cuna, tinto en lana y de Lavapiés; barrio que con La Heria de Sevilla, el patio de los Naranjos y el corral de los Olmos de esa misma ciudad, el Potro de Córdoba y los Percheles de Málaga, entre otros sitios ilustres, ha dado a España y al mundo lo mejor de cada casa en los siglos XVI y XVII: la nata de la chanfaina. Es de los que tienen a honra decir, y dice:

Y más que ya probé el Potro,

comí chufas en Valencia,

y en el corral de los Olmos

aprendí chanzas y levas. [16]

O de esos cuya biografía es honrada con versos como estos otros:

Nació en Córdoba la llana

de un ventor y una gitana;

creció el chulo y dio en valiente

entre germanesca gente. [17]

El caso es que entra nuestro matante como quien es, y se para a lo escarramán, las piernas muy abiertas y echada la cadera, mirando alrededor con ese aire entre receloso, fanfarrón y avisado que los de su oficio llaman a medio mogate. Saluda a la amontonada valentía que allí anda piando de la bufia, y la jábega le responde grave con mucho vuacé y uced y camarada, pronunciando las palabras a lo gayón, muy puestos en garla de jaque. Son de los que cantan:

Vino y valentía,

todo emborracha;

más me atengo a copas

que a las espadas.

Todo es de lo caro,

si riño o bebo,

con cirujanos,

o taberneros. [18]

Y que don Francisco de Quevedo, el poeta, describe así en una de sus jácaras:

Matadores como triunfos,

gente de la vida hosca,

más pendencieros que suegras,

más habladores que monjas. [19]

Se sienta nuestro rufo con otros dos matachines que, como él, viven a lo de Dios es Cristo y, a fuer de tales, cargan sobre el hígado más hierro que las rejas de la cárcel de Sevilla, amén de capas fajadas por los lomos, jubonazos de estopa más agujereados que el cedazo de la Méndez, chapeos con las faldillas altas por delante, bigotazos de ganchos y tatuajes en los dorsos de las manos de uñas tan negras como sus almas. Pide vino para él y aquí, los valentachos, y algo de muquir, que su estómago mocho tiene boque, es decir, hambre. El vino se lo traen aguado, o sea, cristiano; protesta el bravo con mucho pardiós y pesiatal, diciendo que esa afrenta a un hidalgo no se viera ni entre luteranos. Al cabo traen otro vino, esta vez tan satisfactoriamente infiel como arráez de gurapa (de galera) argelina. La mufla, que llega al poco, consiste en un guiso de gallina, a la que el bravo se refiere como gomarra (aún se llama hoy a los robagallinas gomarreros) y una escudilla de quemantes crudos: de ajos. Embucia con apetito el recién llegado y sorben los tres como para quitarse las pesadumbres, limpiándose los bigotes entre tiento y tiento, bien a gusto:

Aquí paz y después gorja.

Más vino han despabilado

que en este lugar la ronda,

que un mortuorio en Vizcaya

y que en Ambers una boda. [20]

Mientras azumbran, los tres bravotes garlan de la vida y de sus cosas. Que si dicen en las gradas que el turco baja o sube. Que la coima de Fulano tiene mal francés y le ha pegado las melacotufas a su engibacaire. Que a Zutano le trincharon los aparejos el otro día, por apitonarse con un rajabroqueles que le salió rápido de aceros. Que a Mengano, por no sobornar a un alguacil (por no ensebarle la palma al mayoral de la güerca), le acanelonaron un jubón de pencas, de latigazos, paseándolo por las calles acostumbradas, y salió luego de ajo en la ristra de la chusma, camino del Puerto de Santa María, para muflirse, o sea, comerse, tres años cosido al palo de batanear sardinas. Que, como dice el entremés de la Cárcel:

Plaza, plaza al comisario

de las jaulas de la mar,

que lleva a encerrar calandrias

porque cantaron acá. [21]

O aquella carta famosa del Escarramán a su daifa, la archifamosa Méndez:

Remolón fue hecho cuenta

de la sarta de la mar,

porque desabrigó a cuatro

de noche en el Arenal. [22]

Y el caso es que allí rema el camarada, graduado de pencas, como quien dice, al grito todo el día de ropa fuera y boga larga, la espalda bien amapolada de alamares por el corbacho del cómitre. Que rascarse y bogar, todo es empezar:

Envíanme por diez años

(¡sabe Dios quién los verá!)

a que, dándola de palos,

agravie toda la mar. [23]

Luego recuerdan a Perengano, que andaba escondido, o sea, a sombra de tejados desde que con otros camaradas le afufó el ánima a un corchete: a un alano de la gura. Al pobre Perengano lo acerró por fin el árbol seco (la Justa, la Justicia) saliendo de la iglesia donde se había llamado a altana. En el estaribel (palabra que sigue en uso en el golfaray del siglo xxi para designar la cárcel) le pusieron cuerdas y clavijas sin ser guitarra; y, como al Maladros del romance:

Mandáronle que declare

lo que debe en este trato.

Maladros responde: «Iglesia»,

sin responder otro garlo. [24]

Y de ese modo, el bravonel se comió tres ansias (es decir, tres tormentos de agua y cordel) como un grande de España, sin berrearse de los camaradas (ese berrear por delatar también sigue hoy en vigor); y allí sigue el león, embanastado pero con la sin hueso, la lengua, en soniche. Cosa muy de elogiar, por cierto. Que negar cuando se anda en tratos de cuerda es de godos, y para ejemplo, Grullo:

A Grullo dieron tormento,

y en el de verdad de soga,

dijo nones, que es defensa

en los potros y en las bodas. [25]

O aquel otro quevedesco que decía:

Tienen la tirria conmigo

los confesores de historias;

mas sólo Iglesia me llamo

pueden hacer que responda. [26]

Amén que el son y el soniche (que de las dos formas se llama al silencio), aparte de ser saludables para la honra de la gente de la hojarasca encarcelada en la casa fosca (la cárcel, otrosí llamada caponera, cesto de culpas, casa de poco pan y bolsón de la horca) lo son también cuando a uno le quitan los cascabeles (o sea, los grillos y las cadenas) y lo desembanastan, y una vez en la calle tiene que dar cuentas a los camaradas de lo que dijo y de lo que no dijo. De rijón (sí) a nejo (no) va un abismo; y más teniendo en cuenta que cuando se es fuelle de fraguas ajenas o abanillo de chimenenas (es decir, delator o soplón), cualquier bramo acabas pagándolo con la gorja. Y además, qué diablos. Puestos a garlar, si no queda otra, para un hidalgo las mismas letras tiene un no que un sí. Bien remojada la palabra, los tres escarramanes tratan de su oficio. Son malos tiempos, por vida del rey de copas. Como dice el baile:

Todo se lo muque el tiempo,

los años todo lo mascan.

Poco duran los valientes,

mucho el verdugo los gasta. [27]

Eso, en cuanto al oficio y los camaradas. En cuanto a las coimas, o sea, las yeguas que cada cual tiene en la dehesa, las cosas tampoco van muy bien. Sus hembras, que responden a los ilustres nombres de Blasa Pizorra, Gananciosa y Marizápalos, apenas rinden resullo (dinero). Últimamente no trotan más que de baratillo, con balhurria, y el poco socorro que aportan con el trabajo de su broquel (o guzpátaro, para entendernos, aunque hay otros nombres; y permitan que me quede ahí), ese dinero se les va a ellos alijando la nao, o sea, gastándoselo, en el garito, con la desencuadernada (los naipes) o con los dados: los huesos de Juan Tarafe. Y del oficio de valentía, para qué hablar. Fatal. O sea, agua y lana. Uno de los jaques, la cara persignada por varios araños, se queja de que ayer mismo un cabestro (un marido barbado, o sea, un cornudo, o cartujo) pretendía una hurgonada (una estocada) al querido de su legítima por la fardía ledra de veinte míseros ducados. Una vergüenza, se lamenta otro compadre. A él le ofrecieron hace una semana, explica, veinticinco ducados por trincharle las asas (las orejas) y treinta por calaverar (cortar la nariz) a un galán que ponía (observen hasta qué punto el golfaray del XVII trabajaba también lo culto) aljófar en alcatara ajena. Por vida de Roque, adónde vamos a parar, se lamentan los tres bravos. Ni entre turcos o herejes viérase tal desprecio por las maneras y el oficio de valentía. Por ese argén, matiza uno, no hay hombre de bien que desenvaine la fisberta. Lo más que puede ajustarse por veinticinco granos es un signum crucis: un chirlo en la cara. Un tajo de diez puntos o, como mucho, un beneficio de doce, e incluso una cruzada de oreja a oreja: de aldaba a aldaba. Así se lo dije al bacalario, responde el primer rufo. Dije nones. El hijo de mi madre no trincha una calle del tabaco, o sea, una nariz, por menos de cuarenta cruzados. Se me apitonó el cliente muy Bernardo, echamos verbos y a punto estuve de desnudar la de Juanes y atarascarlo a él, dándole su ajo, pero gratis. Que, como dicen los valientes:

Eso déjolo yo para la zurda,

que con la diestra soy del mundo azote. [28]

En fin. Que son malos tiempos, se quejan de nuevo los compadres, besando el jarro. Mundo mundillo, protesta uno; nacer en Granada y morir en Trujillo. Parlan luego de tiempos gloriosos, cuando el Escarramán, y Gonzalo Xeniz, y Gayón el de la mojada (la cuchillada) famosa, y otros bravos respetados y triscadores, que no cenaban liebre ni gallina, ni temblaron nunca sino de frío. Como, sin ir más lejos, Ginesillo el Lindo, que floreaba a primera vista dando astillazo porque parecía alcorza, tan rubio y blanco de piel, de los que cuentan (ahora diríamos de los que entienden); pero que en realidad era caimán ahigadado, fácil de centella (de espada) y de filoso (de puñal) como el que más; y que metió mano a la blanca e hizo cecina a un corchete, afufándole el ánima porque éste lo llamó puto en público. Pues, como dice el entremés famoso:

Que soy muchísimo hombre

para andar escrito en burlas. [29]

Comentan también el caso de Tomás Mojarra, un arrojado de braveza al que dieron de agudo en una cascarada desabrigándole el resuello con dos palmos de toledana: al verse descosido el cofre de los molletes, hecho un eccehomo en un charco de colorada y sintiendo que se iba por la posta, pidió confesión y óleos; pero luego, cuando llegó el dómine con los avíos, viendo que había conocidos entre la concurrencia, se lo pensó mejor y se negó a cantar en la última ansia, a confesar, diciendo que no era de hidalgos berrearle como una calandria a última hora al coime de las Clareas, o sea, a Dios, lo que tantas veces había callado en el potro. Aunque, puestos a hablar de bravos con hígados, no podía olvidarse a Nicasio Ganzúa, prestigioso archimandrita de la Heria, espejo de crudos, buen tajador y azote de garitos y pinares (mancebías) que despachó a su propio padre, y a dos que pasaban por allí, sólo porque el padre le dijo «mientes por la barba». Ganzúa era de esos de los que se cuenta:



Con una daga que le sirve de hoja,

y un broquel que pendiente tray al lado,

sale con lo que quiere o se le antoja. [30]

Con Ganzúa, la noche antes de su ejecución en San Francisco de Babilonia, a orillas del Betis, ciudad que es Chipre de los valientes, los camaradas echaron tajada (que así se decía a acompañar al amigo que iba a ser ejecutado al día siguiente) confortándolo en el banasto (o trena, como aún decimos después de cuatro siglos) con mucho azumbre de lo fino y guitarras:

Vamos todas tres a verle

zampuzado en el banasto

donde agora le llevan

para poder vendimiarlo. [31]

Ése era el ambiente, recuerdan los tres bravos. Y Ganzúa, como quien era, estuvo jugando a las cartas todo el rato y haciendo la razón a los amigos, alzado de empeine. Es decir, con muchos argamandijos (o redaños) y con mucha flema, hasta el alba (seis granos juego, matantes tengo, voy con la puta de oros, alce vuacé por la mano, envido, malilla y demás lances de la baraja, o catecismo), diciendo entre naipe y naipe que verse enjaulado no era injuria, pues enjaulados se tenía a los leones. Y en cuanto a la esquinencia de esparto de la que en la siguiente clarea (al día siguiente) iba a verse con la Cierta (la muerte, también llamada la Descarnada o la Chata), a él, a fin de cuentas, quien lo llevaba al finibusterre era la justicia real, o sea, el mismo rey; y a eso, dijo, nada tenía que objetar, pues entruchaba (entendía) que quien lo sacaba del mundo era el rey en persona, como quien dice, y no un calcirroto cualquiera. Que, en tal ilustre marrajo como él, fuera deshonra verse despachado por un don nadie, y que a otro no se lo hubiera consentido en absoluto. Y con ese talante subió al día siguiente a la mula como quien va de bureo, retorciéndose los bigotes y saludando con mucha flema y asaduras a la gavilla que allí se juntaba para ver el espectáculo. Y en el patíbulo, o sea, en el cabo de Palos, mientras le añudaban la calle del trago, aún tuvo alforjas para decirle al bederre (al verdugo) que hiciera su oficio bochándolo con presteza y decoro, porque él no era de los bravos de contaduría que blasonan del arnés y nunca lo visten, sino de los que dicen: tenga yo fama y háganme pedazos. Que en vida nadie se la hizo que no la pagase; y si algún bellaco quedaba, el día de la resurrección de la carne iban a verse las caras. Y entonces, voto a Dios y a quien lo engendró, daríale tierra hasta el ánima.

Tratan luego de un negocio en curso. Ya saben vuacedes, dice nuestro bravo, que en España no hay más Justicia que la que uno compra:

El médico está mirando

cuándo el de a ocho le encajas;

el letrado, cuándo bajas

la mano al párrafo, dando;

el jüez, cuándo le toca

la parte del denunciado;

el procurador no ha dado

paso hasta que el plus le toca;

el que escribe, sólo atiende

cuándo sacas el doblón.

Cualquiera negociación

de sólo el dinero pende. [32]

Y resulta, prosigue, que un profeta, también amparo (es decir, un abogado) de la plaza de la Providencia, que defiende un pleito complicado y costoso de los llamados sanguijuelas, afloja el minamayor del cigarrón (el oro de la bolsa) si a un testigo molesto le abren una buena boca de tarasca para impedir que el cometa, el testigo, declare ante el juez y el escribano (o, para entendernos, ante el Noli me tangere y el lima sorda). Que como decían el otro día los representantes de la comedia nueva de Lope en el corral de la Cruz, en España:

Traer un pleito forzoso

es negocio temerario,

con un hombre poderoso

y el escribano contrario. [33]

Así que una de estas noches, apunta el valentón, cuando todo esté oscuro a boca de sorna, tendremos danza de blancas, con la ventaja casual de que somos tres a uno (que hasta para acuchillar a un manco hay que precaverse), y de que el mayoral de alacranes que estos días va de ronda por el cuartel es amigo, se le ha ensebado la cerra, y no hemos de temer que nos inquiete la gurullada. Pero si algo sale a ledras, que nunca se sabe, y durante el negocio asoma la zarza (la Justicia), cerca tenemos la altana de San Andrés, para trasponernos y amadrigarse en sagrado, hasta que escampe.

Se levanta nuestro jayán. Mete, o más bien cala, la cerra (la mano) en la sacocha y hace tintinear un Juan Platero sobre la mesa, también llamado Juan Redondo:

Helo por do viene

mi Juan Redondo,

con su cruz y sus armas

en el de a ocho. [34]

Pero los dos guiñaroles le dicen que se guarde el cumquibus, que hoy pechardinan de manga, o sea, que pagan tomando la penchicarda. Dicho y hecho. Alzan la voz los tres y echan verbos como si discutieran, en tono propio de aquella jácara quevedesca:

¿Tú te apitonas conmigo?

¿Hiédete el alma, pobrete?

Salgamos a berrear,

veremos a quién le hiede. [35]

Y en efecto, los tres hampones salen afuera muy atropellados y sin pagar, como dispuestos a reñir acuchillándose las asaduras; y una vez en la calle se despiden y se van cada uno por su lado. Que, como dice el refrán, hombre apercibido, medio combatido.

Una vez solo, camina el bravo por la calle como si fuera suya, echando bálago y contoneando el navío, el cuerpo, para que resuene toda la Vizcaya que carga encima, el aire feroz, una mano apoyada en el pomo de la temeraria y la otra retorciéndose los bigotes. En la calle interroga a un muchacho desocupado sobre si ha visto por allí a Fulana, su coima, y el chulamillo responde que ésta anda en corso tres esquinas más allá. En este punto conviene precisar, una vez más, que nuestro bravo no es precisamente de esos que se reconocen cuando en el corral del Príncipe o el de la Cruz, representando lo último de Tirso, o de Lope, alguien recita, grandilocuente:

¡Ay, honor, fiero enemigo!

maldiga el cielo tu nombre,

pues no hay hombre a quien no asombre

que el honor pudiese hacer

que flaquezas de mujer

fuesen infamias de un hombre. [36]

Todo lo contrario. La Marizápalos es murciélago de moneda, de esas que saben de coro la cartilla del buscar:

Piensa que somos de aquellas

que infaman este lugar,

que salen a negociar

con la luz de las estrellas.

Que salen, aventureras,

a esta Vega y al Cambrón

a dar público pregón

de sus hermosuras fieras. [37]

Y exactamente así encuentra nuestro bravo a su hembra, mariscando: en tratos con un cliente a la puerta de la manflota, la mancebía (también llamada aduana porque nadie pasa adentro que no pague), y decide quedarse por allí, esperando que el palomo se decida a alojar el caballo en el broquel de la hurgamandera y alcabale los nipos, o dineros. Porque no será nuestro bravote quien impida a su pencuria ganarse la vida, y de paso la de él. Que con una hembra como la Marizápalos, que así se llama la cantonera, es difícil no caer en la tentación:

Quien no tiene por hazaña

caer, quien se aventuró,

acuérdese, pues se engaña,

que cayó Troya y cayó

la princesa de Bretaña. [38]

Sin embargo, el cliente no se decide a abrochar. Quizá sea de los que se amapolan ante una doctora del arte aviesa, o le parecen caricios los dineros que pide la rabiza porque le troten el anca. El caso es que nuestro rufián se impacienta; de manera que se acerca, arroldanado y bravoso, añusgando (mirando) al mandria muy fijo y muy zaino, con las piernas abiertas al caminar, andando a lo columpio sin apartar la cerra, la mano, de la amenazadora bayosa que carga al costado. El otro, que en cuanto le mira el coram vobis adivina que el bravo se acerca con las intenciones del turco, parece hombre de paz y poco amigo de meterse en baraja: de reñir. Así que, temiéndose un araño, se acatalina y bate talones tomando calzas de Villadiego. O, dicho de otro modo, peñas de longares. Murmurando tal vez entre dientes eso de:

A niños de la doctrina

no pienso pagar la solfa:

música que no he de oílla,

que la pague quien la oiga. [39]

O tal vez aquello otro que decía Juan Rana:

-¿Y el atajo que os dije?

-En mi trabajo,

no salir a reñir es el atajo. [40]

O, finalmente, en versos rufianescos cervantinos:

Muerte y vida me dan pena;

no sé qué remedio escoja,

que si la vida me enoja,

tampoco la muerte es buena. [41]

El caso es que allí queda nuestro rufo dueño del campo, y le dice a su gananciosa que palme el cairo de la jornada, que tiene necesidad de socorro para unos asuntos. Le entrega la otra el sonante, que no es mucho, lamentándose, la mantilla terciada al brazo, de la poca paja que últimamente mete en el establo; pero es que, señala en su descargo, estos días está con la camisa, o sea, con la costumbre.

Dices que te contribuya,

y es mi desventura tal,

que si no te doy consejos,

yo no tengo qué te dar. [42]

Pese a las excusas, al engibador le parece poco dinero; se arrufa, y para demostrarlo hace ademán de asentarle la mano a la pecatriz. Déjate de tretas y alicantinas, dice, y no le hagas cagar el bazo a este león. Que ya me conoces: hay cosas que no sufro ni en Argel, y cuando se me alborota el bodegón igual atrueno a dos que a doscientos, y soy capaz, pardiez a caballo, de borrajarte el mundo cruzándote con un tajo (persignándote con un signum crucis) esa bonita cara. Así que alonga luengo y gánate tu jornal y el mío si no quieres que te esclisie o te desoreje trinchándote una mirla. Todo eso se lo dice con la cerra derecha en alto, como si fuera a jugar de abejón sacudiéndole el balandrán a la acechona, que se amilana y llora (acebolla los columbres) vertiendo abundante clariosa de los lagrimales porque teme una turronada. Pero el jaque amaga y no da. Pese a sus fieros, en el fondo le tiene ley a su cisne. Cuando se pone tierno, cosa que ocurre sólo muy de vez en cuando, le recita junto al asiento de las arracadas aquello de:

Marca la más goda y fresca

de todo el trato germano,

donde tuvo mi navío

de sus trabajos regalo. [43]

O eso otro de:

¡Ay coima la más godeña

de toda la germanía,

reina de todas las coimas

y flor de todas las izas! [44]

La iza es, con perdón, más puta que la Caba Rumía; pero eso sí: cumplidora, limpia, ambladora y muy buena (muy godeña) en el oficio trotón. No como las trongas, abadejos y calloncos que trabajan para rufeznos traspillados (y tal vez la palabra callonco haya llegado hasta nuestros días abreviada en callo, a veces acompañada del adjetivo verbenero: callo verbenero). El caso es que, volviendo a nuestro bravo y a su iza, ésta no es como esas grofas de todo trance a las que, por volver a decirlo en germán culto, o casi, aceitan de almendras el alhorce por cuatro blanquillas; sino de tan buen aspecto, en opinión de su hombre, que podría pasar por tusona de categoría, de las que frecuentan condes y marqueses de mucho toldo. Y tan dispuesta a lo suyo, además, que de quedarse preñada (cosa que evita una vieja cobertera de la vecindad), podría decírsele lo del romance aquel de don Francisco de Quevedo:

Fuimos sobre vos, señora,

al engendrar el nacido,

más gente que sobre Roma

con Borbón por Carlos Quinto. [45]

El caso es que, asentada su autoridad, el germán se embanasta la pecunia, le palmea el buz (o retaguardia) a la daifa y la deja seguir ruando, no sin que antes ésta lo llame cherinol de mi corazón, flor de la altana, cosario de mis columbres, abrigo de mis criojas y (en plan más íntimo) ballestazo de mi broquel, califique su boca de arcaduz de mi dicha, y sus ojos de quemantes de mis asaduras. Que, en la España del Siglo de Oro, las bachilleras del abrocho no necesitan leer a don Luis de Góngora para enjaezarles las escarpias, o sea, halagarles las orejas, a los gallos (a los caporales) de sus entretelas.

Que, por Dios, así me goce,

que le vi reñir con doce. [46]

Se encamina nuestro bravo a la casa de conversación, es decir, al garito, no sin hacer antes viacrucis colando calles por las tabernas, o sea, por las alegrías y consolatorias que le pillan de camino, haciendo suyo aquel higiénico y casi filosófico principio de:

¿Cuándo se vio que muriese

hombre que sin asco sorba? [47]

Seguro de eso, el bravonel escurre el barroso, o el barro, o el estaño, que en todo puede ir el vino, con algunos conocidos piadores que por allí pastan, haciendo la razón, o brindis, o dominus vobiscum. (No sorprende, por cierto, la presencia de tantos cultismos en el golfaray de la época, si tenemos en cuenta que Italia estaba muy presente en la vida española, que el teatro, la jácara, las canciones y los romances callejeros eran populares, y que la participación del pueblo en la vida religiosa hacía de uso común, burlesco a veces, no pocas expresiones latinas.) Volviendo junto a nuestro bravo, y bien remojadas por éste la obra y la palabra, lo vemos llegar por fin a la casa de tablaje, y entrar:

... de capa caída,

como los valientes andan,

azumbrada la cabeza

y bebida la palabra. [48]

El garito, todo hay que decirlo, no es coima de minoribus, o de poquito, ni antro de baratillo, sino coima de maioribus frecuentada por gente de calidad, donde se dan astillazos bien godizos, a lo grande, y lo mismo ruedan brechas, o dados (también llamados albaneses, hormigas, astas, peste, cuadros o Juan Tarafe), que se ara con bueyes: nombre este que los germanes como el que nos ocupa dan al libro real, o baraja, también llamado desencuadernada además de catecismo. En el garito se juegan lo mismo quínolas, polla y cientos, que son juegos de sangría lenta, donde un palomo sangra el argento poco a poco, que el siete, el reparólo y otros juegos de los llamados de estocada, por la rapidez con que dejan a un hombre sin dinero, sin habla y sin aliento. A fin de cuentas, la comparación no es ociosa, y ya lo dijo Lope:

Como el sacar los aceros

con quien tuviere ocasión,

así el jugar es razón

con quien trajere dineros. [49]

Sólo que en este caso, como es costumbre en los garitos para evitar males mayores, las armas se dejan al portero, pues en gente poco sufrida como la española, y más si es del hampa, los dimes y diretes suelen terminar a cuchilladas. Así, destocado del gavión, o chapeo, y de la red, la capa, y aliviado de hierro (aunque conserva el desmallador escondido en la caña de la grulla) pasea el valentón entre la media docena de mesas, rumor de conversaciones, ir y venir de tahúres, mirones y entretenidos que despabilan velas y cumplimentan a los que ganan, en busca de propina, o barato. En las mesas, alrededor de las cartas y de los dados que ruedan, se oyen suspiros, jaculatorias y pardieces. Sobre todo esto último: juramentos de los que alijan el navío. O sea, los que palman, o más bien, aquellos a quienes despalman:

Veinte escudos que tenía

de mi amo le he jugado

con un fullero taimado,

pensando que no sabía.

Por la compuesta le alcé,

y tanto del juego ignoro,

que, de veinte escudos de oro,

con uno me levanté. [50]

En ese ambiente de tipos gariteros (sages, vivandores, coimeros, templones, cercenadores, caballos, astilleros y dancaires), nuestro bravo encuentra a algunos conocidos, mirones y prestamistas del garito, llamados tomajones, que lo abrazan. Y responde a tanto afecto con tiento, recordando que en lugares como ése, españoles todos a fin de cuentas:

Cuando te abracen, advierte

que segadores semejan:

con una mano te abrazan,

con otra te desjarretan. [51]

Se juega nuestro bravo el cumquibus de su daifa, evitando las mesas donde fulleros de él conocidos, doctores de la valenciana expertos en ahuecar el as, el rey, el siete o la sota en forma de teja o boca de lobo, astillarlo con una marca o un raspado o hacerle la ceja para reconocerlo, despluman a chapetones incautos con barajas a las que también llaman huebras. Llevan éstas los naipes (los bueyes) preparados y llenos de trampas, o flores, que son tan infinitas como el ingenio (berrugueta, ballestón, tira, cristalina, alademosca, panderete) y que parecen directamente salidas del popular romance de Perotudo:

Diez huebras lleva de bueyes;

cada cual es con su flor,

con la raspa y cortadillo,

tira, panda y ballestón. [52]

Prueba primero nuestro bravote con los dados, a los que él llama brechas. Ruedan en su contra, así que piensa que están cargados o tal vez amolados: Mira mal al brechador, a quien le resbala, y decide cambiar de aires antes de que lo dejen en cordobán. Se va a una de las mesas de las cartas donde se aran quínolas y cuaja conversación, que así se dice a empezar a jugar. Pero hace agua, o sea, pierde más que gana. Y como no es de los que callan como en misa, termina jurando a los doctrinales. O, dicho de otro modo, a echar mantas y no de lana, renegando del papo de Adán y del broquel de Eva. No se fía del tahúr que lo despluma, y lo observa con mucho cuidado intentando descornarle la flor, atento a si hace amarre (que es trampa para que salga cierto naipe), o retén (también llamado salvatierra), reteniendo el siete de matantes, o de espadas, que en germanía se conoce como setenil, ronda o cueva del becerro. Carta esa, o buey, que a nuestro bravo le permitiría cambiar su suerte. Pero no lo consigue. Sigue perdiendo, y añusga de mala manera al fullero, que con mucha desvergüenza le sostiene la mirada. Sin duda es brujulero fino, de esos de los que puede decirse:

¡Vive Dios, que no hay mayor

bellaco desde aquí a Roma!

¡Qué bien unos naipes toma,

qué bien sabe cualquier flor! [53]

Viendo su dinero más perdido que el alma de Judas, se arrufalda nuestro bravote; más por no poder probar la flor que porque se la hagan. Aunque empieza a olerse que la alicantina se la fragua un doble del fullero, que a su espalda, dándoselas de curioso, puede estarle haciendo el espejo de Claramonte, pasándole al otro señas para soplarle los palos vacíos (el cinco de bastos), la calle del puerto (el seis de copas) y la puta de copas (la sota) que nuestro bravo tiene en las manos y que el otro le avizora, o columbra, por encima del hombro. Al fin se vuelve el rufo a decirle al apuntador que se quite de ahí. Echan verbos y mentís por la gola, y al cabo hace nuestro león ademán de meter mano a la temeraria que no carga, porque se la dejó al portero. Dicen de salir a reñir afuera. Tercian los conocidos y también el coimero, el dueño del garito, pidiendo que no se alborote el aula; y al fin, nuestro bravo observa que el fullero y su contrayente (hoy todavía se usa la palabra consorte para cómplice) son hombres avisados y no están solos, sino que tienen cerca una camada de cuatro o cinco campeadores de garulla, allí llamados padrinos o ángeles de guarda, por si las cosas se complican y hay que darle a alguien en la calle un catorce, o un antuvión de esos que llaman conclusión o mojada de cien reales. El caso es que, como las reglas de los que profesan de braveza dicen valientes pero no tontos (o sea, crudos pero no badajos), nuestro Roldán decide que peñas y buen tiempo. De manera que se va hacia la puerta como si tuviera algo importante que hacer, tocándose el cinto cual si lamentara no ir de hierro hasta las cejas. Y allí, muy arrojado de chanfaina, se vuelve a medias y le dice al mozo de la puerta: «Cuerpo de Mahoma, juro a dix y vive Dux, juro por mis dos y por mis cuatro que si no tuviera un asunto urgente, voto al cinto, desataba la sierpe y le contaba los botones con mi temeraria a más de un bellaco. Por vida del rey de espadas (que de España iba a decir) que no hay bastantes hombres aquí para quien, como yo, ha reñido cien veces y matado a quinientos, y eso en ayunas. A fe de quien soy, y no digo más. Y quien dijese lo contrario, miente».

... Y luego, encontinente,

caló el chapeo, requirió la espada,

miró al soslayo, fuese, y no hubo nada. [54]

Muchas gracias.







CONTESTACIÓN DEL EXCMO. SR. D. GREGORIO SALVADOR

Señores Académicos:

Quiero manifestaros ante todo mi gratitud por haberme designado vuestro portavoz en este acto ritual y siempre emocionante de recibir en nuestra casa a un nuevo compañero, porque me honra y me complace ser yo quien le dé la bienvenida a Arturo Pérez-Reverte, muestre los caminos y los logros que lo han traído a esta corporación y responda al discurso que le acabamos de oír. Sabéis que fui uno de los tres académicos firmantes de su candidatura, con Eduardo García de Enterría y Antonio Muñoz Molina. Para el primero, la Real Academia Española no podía caer en el error de la Francesa, que no incorporó nunca a Alejandro Dumas, con quien tan vinculado se siente nuestro novelista, al que algún crítico ha llamado, afectuosamente, «el quinto mosquetero», y para Antonio Muñoz Molina, «Arturo Pérez-Reverte culmina en la narrativa española un proceso de recuperación del gusto de contar y del reencuentro de la novela con el lector común que venían ya insinuándose desde algún tiempo atrás en algunas otras novelas que usaron las claves de la literatura de género como puntos de partida para contar el mundo y para establecer una complicidad gozosa entre la novela y el lector». Digamos, finalmente, que yo no era sino uno de esos tantísimos, incontables lectores que han disfrutado de sus relatos, a la par que admiraba su fidelidad histórica, su precisión documental, sus pinceladas de humor y la eficaz transparencia de su prosa. Añádase el conocimiento personal, desde hace nueve o diez años, que sin haber sido frecuente, ha sido bastante para advertir en él una calidad humana, una generosidad intelectual, una independencia de ideas y una claridad de juicio, que han ido ganando, poco a poco, mi aprecio, mi admiración y mi amistad.

Comprenderéis, pues, mi satisfacción por oficiar, con la voz de la Academia, en este acto protocolario pero jubiloso que nos reúne esta tarde para recibir a Arturo Pérez-Reverte. Porque existe aún otra circunstancia para mí particularmente sensible. El nuevo académico viene a ocupar el sillón T mayúscula, el que dejó vacante al morir mi maestro Manuel Alvar, a quien él, que no llegó a conocerlo sino a través de sus discípulos, ha retratado en esbozo, con intuición y tino, en el preámbulo de su discurso. Diré yo ahora que si algún escritor se podía vislumbrar, en el panorama actual de nuestra literatura, que me pareciera adecuado para suceder a mi maestro en ese sillón, no era otro que Pérez-Reverte, andariego como él, igualmente universal, el único que ha pisado, como el inolvidable filólogo, todos y cada uno de los países de nuestra lengua y que ha ido dejando memoria de sus trabajos, que es conocido y alabado en todos ellos. Hasta raro se me antoja que no coincidieran ninguna vez en algún avión, en algún aeropuerto, en algún cruce de caminos. Era en ese sillón académico donde, después de tantas vicisitudes y avatares, del uno y del otro, se iban sus nombres a emparejar.

Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena en 1951. Lector precoz, devora ya en la infancia todas las viejas novelas folletinescas, de misterio o de aventuras o de recreación histórica que acumulaba la biblioteca de su abuelo: Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Julio Verne, Daniel Defoe, Salgari, Conan Doyle, Galdós, con sus Episodios Nacionales, lo van ganando para la imaginación y la literatura. Ya adolescente continúa con Galdós y con Baroja, Valle-Inclán, Wells, Melville, Conrad y, en seguida, los clásicos españoles. Su padre lo lleva al teatro, cuando hay ocasión en la ciudad provinciana, y esas representaciones, ese oír los versos de Lope o de Calderón, le mueven los pulsos y le excitan los ánimos. Su padre sabe sembrar en él inquietudes de lectura, ponerle disimulados cebos en lo que piensa que debe leer. Y le abre puertas al mundo clásico. Refuerza con un profesor privado el obligado aprendizaje del latín y el griego que exigía el bachillerato de la época. Y de este modo traduce, con pasión, a César, a Virgilio, a Horacio, luego a Jenofonte y a Homero. Su prosa se va haciendo con esas traducciones de la Iliada, de la Odisea, y su imaginación se va poblando de aquellos héroes del mundo antiguo. Pero es la Anábasis el libro que más lo influirá y que marcará decisivamente toda su obra. Soldados perdidos en territorio enemigo, sin retaguardia que los proteja, es un tema recurrente en sus relatos, porque esa es la gran metáfora de la vida para Arturo Pérez-Reverte. El hombre no es más que eso: un soldado perdido en territorio hostil. Aquel muchacho que traducía el relato de Jenofonte recuerda ahora, recordará siempre, la más fuerte impresión literaria de su vida, desvelando el texto griego, con el diccionario a mano, con la gramática en la cabeza: aquel destacamento de soldados griegos que alcanza la cumbre de una montaña y avista el Ponto Euxino: ¡zalasa, zalasa! ¡El mar, el mar!

Y aquel muchacho, hoy el novelista que recibimos, explica así su literatura: «Mi único secreto es muy simple y está al alcance de cualquiera: planteamiento, nudo, desenlace, las comas en su sitio, y sujeto, verbo y predicado». Y luego lo condensa en tres palabras: «Escribo como lector». Le preguntan por sus temas y dice que acude a los asuntos que literariamente más lo han emocionado, los grandes temas clásicos, y precisa: «El honor, la amistad, la aventura, el mar, el peligro, el tesoro, el laberinto, el enigma». «Utilizo —añade— los mecanismos de la narración clásica: ¿por qué empeñarse en cambiar algo que han hecho tan genialmente Galdós, Stevenson, Dumas o Stendhal? Cuento historias en las que pasan cosas...».

Cuando terminó el bachillerato deseó venir a Madrid a estudiar Periodismo e ingresó en la por entonces flamante nueva Facultad. Su padre opinaba que bueno, pero que debía hacer, aunque fuera a la par, una carrera seria, y se matriculó también en Ciencias Políticas, de la que llegó a concluir tres cursos. Pero en la que se licencia, finalmente, en 1973, es en la que deseaba, en Ciencias de la Información. Entra de reportero en el diario Pueblo y en seguida lo mandan a informar sobre la guerra de Chipre. Trabajará doce años como corresponsal de guerra, en ese periódico, y luego otros nueve en TVE. Será testigo de todas las guerras ocurridas entre 1973 y 1994, que fueron muchas, se pierde la cuenta: la del Líbano, la de Eritrea, la del Sáhara, la de las Malvinas, la de El Salvador, la de Nicaragua, la del Chad, la crisis de Libia, las guerrillas del Sudán, la guerra de Mozambique, la de Angola, el golpe de Estado de Túnez, etcétera, etcétera. Las últimas que cubrió, ya para TVE, con imágenes y reportajes en los telediarios, fueron la revolución de Rumanía, la crisis y guerra del Golfo y las de los Balcanes, la de Croacia y la de Bosnia. También había dirigido, durante cinco años, La ley de la calle, un programa de Radio Nacional de España sobre marginalidad y delincuencia, por el que recibió el Premio Ondas de 1993.

Su mundo no era, pues, el de los círculos literarios y al relativo éxito de su primera novela, El húsar, de 1986, no se le presta demasiada atención; el de la segunda, El maestro de esgrima, 1988, resulta ya más notorio, y con la tercera, La tabla de Flandes, de 1990, y la cuarta, El club Dumas, de 1992, se consagra como novelista arrollador, como autor siempre instalado en las listas de libros más vendidos. Su obra empieza a traducirse y a traspasar fronteras y la crítica española se muestra remisa a reconocerle méritos literarios, considerándolo un escritor de novelas populares cuyo éxito se basa en ser una cara conocida de televisión.

Pero más que cara conocida era un personaje conocido, no un simple busto parlante sino un tipo alto y enjuto, con gafas de concha y chaleco antibalas, que nos contaba, al amparo de una tapia o resguardado por unos sacos terreros, el día a día de las guerras de los Balcanes, entre ráfagas de ametralladora, explosiones de bombas, destrucciones, muertos, heridos, ambulancias, carros de combate y personajes más o menos siniestros, y nos lo contaba directamente, mirándonos a los ojos, con oficio, imperturbable delante de la cámara, con una mochila colgada, en la que, al parecer, llevaba más libros que cualquier otra clase de utensilios, pues sólo la lectura le permitía sosegarse y reponerse de los horrores que se veía obligado a presenciar cada jornada.

En 1994 abandona TVE y publica Territorio Comanche, en el que narra, con brevedad y dureza, sin pelos en la lengua, su experiencia de reportero en esa última guerra a la que asiste. Otras dos narraciones breves, novelas cortas más o menos, La sombra del águila y Cachito o Un asunto de honor, publica en 1995 tras aparecer como folletones en El País. De ese mismo año es La piel del tambor, y un año más tarde publica el primer tomo de lo que van a ser las aventuras de El capitán Alatriste, que se irán desarrollando, en años sucesivos, con Limpieza de sangre, El sol de Breda y El oro del rey. La crítica comienza a entregársele y a reconocer que hay mucho más que un simple folletinista o un constructor de novelas de misterio o aventuras en el reportero de Cartagena. Ahora empieza a ser el escritor de La Navata, lugar de la sierra madrileña donde se ha retirado a escribir, que es ya su único oficio: darle a la tecla desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde sin interrupción. Con reflexión, con documentación irreprochable para sus recreaciones históricas y con «la impecable factura estilística que se gasta en sus narraciones», según apreciación literal de Luis Alberto de Cuenca, que le dedicaba un artículo a la saga del capitán Alatriste en un volumen de quinientas páginas, Territorio Reverte, con treinta y dos ensayos sobre su obra, de otros tantos autores, que publicó hace dos años la Universidad suiza de Berna. De vez en cuando se marcha a navegar en su propio barco, que es su gran afición; afición que le ha inspirado su hasta ahora penúltima narración, La carta esférica. Explica, sin embargo: «No navego por aventura, sino para estar lejos de lo que no me gusta». Pero también suele decir que su patria es el Mediterráneo.



Ya nadie se atreve a poner en tela de juicio su calidad literaria. Su última novela, La Reina del Sur, situada su acción en nuestro tiempo y localizada en Sinaloa, México, y en nuestra Costa del Sol y Zona del Estrecho, con personajes entremezclados de uno y otro país, es un verdadero prodigio de observación lingüística, de matización de las diferencias, de entendimiento de los usos idiomáticos.

Es probablemente hoy el escritor español en activo con más presencia en los territorios americanos de nuestra lengua y esa última novela lo ha acabado de consagrar allá. En el mes de noviembre pasado, en el Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española que se celebró en San Juan de Puerto Rico, el director de la Academia Costarricense, Alberto Cañas, escritor prestigioso, novelista también, como todos sabemos, me preguntó: ¿No han pensado ustedes en llevar a Pérez-Reverte a la Academia? Le contesté que varios académicos ya lo estábamos pensando. Y así era y justo será recordar que fue nuestro llorado secretario, Domingo Ynduráin, quien primero pronunció su nombre como el de un candidato ineludible.

Las obras del nuevo académico se han editado en muchos países hispanohablantes y la serie de El capitán Alatriste se ha convertido en España en materia de lectura escolar, porque su intención fue desde el principio, al concebir este personaje, que la recreación, con él, del ambiente de nuestro Siglo de Oro, de los hechos, los modos y los acontecimientos, llenara de alguna manera el hueco dejado por el destierro de la historia en los planes de estudio, en algunas naciones de América están cumpliendo idéntica función, pues ellos sienten claramente que esa historia les afecta y les es común. El éxito del personaje en el nivel secundario de enseñanza ha llevado incluso, en España, a traducirlos al catalán y al eusquera, con lo cual suman ya veintiocho las lenguas a las que nuestro autor se ha traducido. En dos naciones tiene muy particular presencia: en Francia y en los Estados Unidos. Ya en 1993 la revista Lire eligió La tabla de Flandes como una de las diez mejores novelas extranjeras traducidas ese año al francés y se le concedió también el Grand Prix de literatura policíaca; en 1997 recibe el Premio Jean Monnet de literatura europea, y en 1998 es nombrado Caballero de la Orden de las Letras y las Artes por el Presidente de la República Francesa, y en 2001 se le otorga el Premio Mediterráneo a La carta esférica en su traducción al francés, que también es galardonada por la Academia de Marina del vecino país. En los Estados Unidos, el Suplemento literario del New York Times consideró, en 1994, La tabla de Flandes como una de las cinco mejores novelas extranjeras publicadas ese año en aquel país y la sigue recomendando a sus lectores en los años siguientes; en 1998 selecciona El club Dumas como uno de los libros de ficción más importantes del año literario y define la novela como «deliciosa y llena de inteligencia»; y en 2000 destaca El maestro de esgrima, tardíamente traducida ante el éxito del autor, como uno de los mejores libros del año y resalta «su espléndida ejecución». La tabla de Flandes en Suecia y El club Dumas en Dinamarca reciben igualmente premios u honores reservados para novelas extranjeras. Estas y otras narraciones de Arturo Pérez-Reverte han sido llevadas al cine: se han realizado ocho películas hasta el momento, tres en los Estados Unidos y cinco en España.

Arturo Pérez-Reverte se ha propuesto en todo momento hacer buena literatura, porque ha sido siempre un entregado amante de ella, un denodado lector. Empieza tarde (tiene 35 años cuando publica su primera novela, en 1986), pero lleva trece años viendo guerras sin cesar y treinta leyendo libros sin parar. Y diez años después, en 1996, ya absolutamente triunfador, cuando salta al ruedo literario su capitán Alatriste, contesta de este modo, en una entrevista, a quien le recuerda esa llegada tardía a la literatura: «Uno publica cuando cree que tiene algo que contar, cuando siente una necesidad casi física de contar historias. Hay que esperar a sentir esa necesidad: hasta entonces podemos aprovechar el tiempo viviendo y leyendo. Pero, fíjese, ni siquiera ahora, cuando llevo diez años publicando libros, me sé escritor: yo soy, ante todo, un lector. Un lector apasionado cuya verdadera patria son los libros que ha amado. Concibo la escritura como una forma, también apasionada, de rescatar todos esos libros que amé, que sigo amando». Y antes ha dicho a su entrevistador, que también había mostrado su asombro ante el hecho de que, salvo Territorio Comanche, en ninguna de sus novelas hubiese utilizado los recuerdos de su intensa experiencia como corresponsal de guerra: «Lo cual no quiere decir que prescinda de mi vida a la hora de abordar una novela. Mi vida está detrás de cada página, de cada personaje. Ahora bien, mi propósito no es contar mi biografía (eso resultaría muy aburrido), sino contar el mundo: intentar trasladar al papel la lucidez o la confusión que la vida me ha dejado. No escribo para contar mi vida, sino para contar los amores que no he tenido, las cuentas que no he saldado, las mujeres que no he amado, los enemigos a los que no he matado, los amigos a quienes no he podido abrazar». Permítanme que incluya aquí una reciente observación personal. Su primera novela, El húsar, yo no la había leído; había entrado en su narrativa por La tabla de Flandes y Territorio Comanche y no me había preocupado de volver la vista atrás; pero ante este deber de recibirlo hoy, que se me encomendaba, consideré obligado completar mis lecturas. Y El húsar me ha dejado atónito: creo que nunca he leído una novela donde la guerra esté descrita tan duramente, sin paliativos, con toda su crueldad y truculencia, con su inevitable desbarajuste, sin escatimar rigores y atrocidades. Es una recreación histórica vista por un subteniente de húsares del ejército napoleónico en la guerra de España, nuestra guerra de la Independencia, pero no desde el recuerdo de los libros leídos, sino desde la inmediata experiencia del corresponsal de guerra que la está escribiendo. Y ese entreverar lo vivido y lo leído creo que es una constante en su narrativa y la razón que la trasciende.

La preocupación por ese ensamblaje de la realidad con la ficción, por escribir para su extenso público manteniendo, por encima de todo, la calidad literaria de su producto y la fidelidad en los detalles de sus recreaciones históricas, es una constante en su quehacer. Se documenta hasta la saciedad y está convencido de que los libros más vendidos igual pueden ser obras deleznables y ocasionales que obras bien escritas, sólidamente pensadas y con esperanza de futuro. «Yo escribo para vivir más y me siento un hombre libre», ha dicho en alguna ocasión. Libre, pero heredero de una larga e imponente tradición narrativa: «Nadie —añade— salvo los soberbios, los cretinos o algunos bobenzuelos a quienes vuelven locos los elogios de algunos críticos cantamañanas, puede creerse de veras capaz de escribir nada que merezca la pena con una memoria literaria o cultural que empieza en Kundera o en la última película de Tarantino. Cervantes, Shakespeare, Tolstoi, Dostoievski, Galdós, Valle, Stendhal, Quevedo, Virgilio, Homero, Dickens, Dumas, Stevenson, Melville y todos los otros, los de siempre, los viejos maestros que nos enseñaron a contar historias como siempre se contaron, siguen siendo necesarios antes de dar el primer teclazo, porque en ellos obtenemos el aplomo y el equipaje y en ellos afinamos las armas de la lengua, el estilo y la estructura».

Cuando escribe de estos asuntos, es un polemista deslenguado, implacable e hiriente. Desde hace diez años, viene publicando, cada semana, un artículo de opinión o de denuncia en El Semanal, suplemento dominical de todos los periódicos del grupo Correo, que llegan a más de cuatro millones de lectores. Reunió los publicados hasta 1997 en un libro, Patente de corso, y los comprendidos entre 1998 y 2001 en otro: Con ánimo de ofender. Vale la pena leerlos y compararlos con sus novelas. Los títulos ya son bastante expresivos de su actitud y de su intención.

Ahora acabamos de oírle su discurso de ingreso, que me parece que ha dejado a sus oyentes entre admirados y estupefactos. Ha sido una especie de alarde lingüístico consciente de convencido narrador. Ha querido demostrarnos hasta qué punto conoce los entresijos idiomáticos de nuestro Siglo de Oro y la seguridad y fiabilidad con que podemos aceptar sus recreaciones. El Diccionario de Autoridades incorporó íntegramente el Vocabulario de germanía de Juan Hidalgo y la Academia lo ha conservado siempre, es decir, la mayor parte de esas palabras insólitas que hemos oído esta tarde en nuestro Diccionario se definen. No todas porque el recipiendario ha utilizado además otras fuentes, siempre de garantía, amén del testimonio apabullante de los clásicos. Llega a esta casa, que concentra sus tareas en el registro y descripción de los empleos de cada palabra de hoy o de ayer, y ha querido mostrarnos que ya trae, a ese respecto, alguna lección aprendida y que podrá ponerse manos a la obra desde el primer día. Es posible que a algunos les haya parecido acumulativo, que lo es, y que lo hayan estimado críptico y se hayan perdido en más de un pasaje sin acabarlo de descifrar. En fin, esto último ocurre con frecuencia en conferencias y discursos sin que podamos atribuírselo al lenguaje de germanía, pero sí a otras jergas que se estilan y se emplean con profusión en la lengua actual, no pocas veces especializada y pedantesca. En el discurso que hemos escuchado la acumulación ha sido evidentemente intencionada y manejada con maestría, pues se ha explicado lo necesario, sin cortar el hilo narrativo, y la situación y el contexto han bastado casi siempre para atribuirles a las voces desconocidas su exacto significado. El bravo del título, el consabido valentón, ha desarrollado ante nosotros su rutinaria jornada, lo que nos ha permitido conocer, paso a paso, los nombres que suele dar a las cosas que utiliza, a las personas con las que se encuentra y a los hechos habituales en su mundo, jalonado todo ello con jácaras y romances de Lope o de Quevedo, y además el personaje queda dibujado, vivo, y finalmente nos resulta ser un viejo conocido, el del famoso soneto de Cervantes al túmulo de Felipe II, con cuyo estrambote ha rematado el nuevo académico su disertación. Sobre la originalidad de esta no creo que le quepa a nadie la menor duda, aunque habrá que reconocer que, evidentemente, se ha salido del canon.

Pero ¿qué es el canon?, ¿quién lo fija?, ¿quién lo establece? Con motivo de su elección para la Academia no faltó quien se lamentara por ahí, en privado o en público, de que se hubiera elegido un escritor popular, cuyos libros se vendían copiosamente y se leían con placer por gente muy diversa, pero que no se ajustaba al canon. Como llevamos algún tiempo en que se ha puesto de moda la protesta callejera, el jueves de su elección se convocó por Internet una manifestación de rechazo ante las puertas de la Academia. Aunque los organizadores probablemente cuenten ahora, como es habitual, que acudieron doscientas personas, si no quinientas, lo cierto es que sólo vinieron diez con sus pancartas y su desacuerdo, que manifestaron con ruidos de hojalatas. Con ese débil y desangelado fondo acústico de charanga o de cencerrada se celebró la votación, que bastó con una, con la primera. Cuando yo salí quedaban nueve contestatarios de los diez: alguien se había cansado o tenía otras urgencias. Dejo constancia aquí del anecdótico episodio, uno más en la historia lateral de la Academia. Probablemente, en el grupo habría alguien que quizá me hubiera podido explicar lo del canon. Aunque lo que dudo mucho es que alguno de sus componentes hubiera leído alguna vez alguna línea del escritor que rechazaban.

Arturo Pérez-Reverte llega a la Academia cargado de lecturas, de saberes y de experiencias, y con una ya extensa obra literaria de amplísima aceptación e indiscutible calidad. Es además un hombre serio, estricto en el cumplimiento de sus obligaciones y de una asombrosa puntualidad, una virtud tan infrecuente. Tiene un certero instinto lingüístico y un declarado amor a la lengua en que se expresa. Me atrevo a pronosticar que su actividad académica ha de ser valiosa y relevante, porque posee todas las condiciones necesarias para que eso ocurra: lo veo como un académico cabal.

Estás ya en tu sitio, Arturo, estás donde debías, en la Real Academia Española. El camino ha sido arduo, los trabajos muchos, duro el vivir. Pero has alcanzado la cumbre, como los soldados griegos de Jenofonte (¡zalasa!, ¡zalasa!), y has llegado a esta casa, que va a ser la tuya, y aquí estamos tus amigos, tus nuevos compañeros, con los brazos abiertos, anchos acaso como la mar, para darte la bienvenida.




Notas

[1] Romancero General, II, Madrid: BAE., 1851, t. 16, p. 595.<<

[2] Quiñones de Benavente, Luis: «Jácara de doña Isabel, la ladrona», en Entremeses, loas y jácaras, Madrid: Alfonso Durán, 1872, t. I, p. 358. <<

[3] Lope de Vega, Félix: Los milagros del desprecio, en Obras de Lope de Vega publicadas por la Real Academia Española, Madrid: 1916-1930, t. XIII, p. 2. <<

[4] Calderón de la Barca, Pedro: Mejor está que estaba, en Comedias escojidas de don Pedro Calderón de la Barca, t. IV, Madrid: Imprenta de Ortega, 1833, p. 144.<<

[5] Calderón de la Barca, Pedro: El alcalde de Zalamea, ed. J.M. Díez Borque, Madrid: Castalia, 1989, p. 134, vv. 197-200.<<

[6] Lope de Vega: «Loa famosa en alabanza de la espada», en Cotarelo y Mori, Emilio: Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas, Madrid: Bailly-Baillière, 1911, vol. 2, p. 414.<<

[7] Romancero General, p. 595.<<

[8] Quevedo, Francisco de: Obra poética, ed. de J.M. Manuel Blecua, Madrid: Castalia, 1969. Aquí, 865, «Los valientes y tomajonas» (baile), vv. 137-140.<<

[9] Calderón de la Barca, Pedro: Guardadme las espaldas (entremés), en Entremeses jácaras y mojigangas, ed. de Evangelina Rodríguez y Antonio Tordera, Madrid: Castalia, 1982, p. 222, vv. 175-178.<<

[10] Quevedo, Poesía… 866, «Las valentonas, y destreza» (baile), vv. 57-64.<<

[11] Quevedo, Poesía… 644, letrilla satírica, vv. 39-42.<<

[12] Quevedo, Poesía… 853, «Villagrán refiere sucesos suyos y de Cardoncha» (jácara), vv. 25-28.<<

[13] Calderón de la Barca, Las jácaras (entremés), en Entremeses… p. 91-92, vv. 53-60.<<

[14] Lope de Vega, La paloma de Toledo, en Obras de Lope de Vega, ed. M. Menéndez Pelayo, Madrid: Atlas, 1968, t. XXII, p. 309.<<

[15] Lope de Vega, El secretario de sí mismo, en Obras, t. IX, p. 309.<<

[16] Romancero General, p. 571.<<

[17] «Quintillas de la heria» en Poesías Germanescas, ed. John M. Hill, Indiana University Press, Humanities Series, n.º 15, Bloomington, 1945, pp. 38-39, vv. 16-19.

Naçio en Cordoba la llana

de vn ventor y una jitana;

crezio el chulo y dio en valiente

entre jermanesca jente. <<

[18] Quevedo, Poesía… 897, «Los borrachos» (baile), vv. 49-56.<<

[19] Quevedo, Poesía… 853, «Villagrán refiere sucesos suyos y de Cardoncha» (jácara), vv. 21-24.<<

[20] Quevedo, Poesía… 873, «Los borrachos» (baile), vv. 36-39.<<

[21] Quiñones de Benavente, Luis, «Entremés cantado: la visita de la cárcel», en Cotarelo y Mori, Emilio, op. cit., vol. 2, p. 513.<<

[22] Quevedo, Poesía… 849, «Carta de Escarramán a la Méndez» (jácara), vv. 29-32.<<

[23] Quevedo, Poesía… 849, «Carta de Escarramán a la Méndez» (jácara), vv. 89-92.<<

[24] «Romance de la vida y muerte de Maladros», en Hidalgo, Juan, Romances de germanía de varios autores con el vocabulario por la orden del a.b.c. para declaración de sus términos y lengua, Madrid: Antonio de Sancha, 1779, p. 101.<<

[25] Quevedo, Poesía… 853, «Villagrán refiere sucesos suyos y de Cardoncha» (jácara), vv. 145-148.<<

[26] Quevedo, Poesía… 853, «Villagrán refiere sucesos suyos y de Cardoncha» (jácara), vv. 81-84.<<

[27] Quevedo, Poesía… 865, «Los valientes y tomajonas» (baile), vv. 1-4.<<

[28] Hurtado de Mendoza, Antonio, El ingenioso entremés del examinador Miser Palomo, en Cotarelo y Mori, Emilio, op. cit., vol. 1, p. 326.<<

[29] Calderón de la Barca, Las jácaras (entremés), en Entremeses… p. 94, vv. 115-116.<<

[30] Cervantes, Miguel de, El rufián dichoso, ed. Florencio Sevilla, Madrid: Castalia, 1997, p. 123, vv. 507-509.<<

[31] Quiñones de Benavente, Luis, «Jácara nueva de la plemática», en Cotarelo y Mori, Emilio, op. cit., vol. 2, p. 842.<<

[32] Lope de Vega, La noche toledana, en Obras, t. XIII, p. 98.<<

[33] Lope de Vega, Los torneos de Aragón, en Obras, t. X, p. 17.<<

[34] Quevedo, Poesía… 865, «Los valientes y tomajonas» (baile), vv. 229-232<<

[35] Quevedo, Poesía… 858, «Desafío de dos jaques» (jácara), vv. 13-16.<<

[36] Lope de Vega, La inocente Laura, en Obras, t. XII, p. 358.<<

[37] Lope de Vega, El toledano vengado, en Obras, t. II, p. 594.<<

[38] Quevedo, Poesía… 675, «Fiesta en que cayeron todos los toreadores», vv. 116-120.<<

[39] Quevedo, Poesía… 862, «Postrimerías de un rufián» (jácara), vv. 85-88.<<

[40] Calderón de la Barca, El desafío de Juan Rana (entremés), p. 204, vv. 73-74.<<

[41] Cervantes, Miguel de, El rufián dichoso, ed. cit., p. 202, vv. 1692-1695.<<

[42] Quevedo, Poesía… 850, «Carta de la Méndez a Escarramán» (jácara), vv. 49-52.<<

[43] «Romance de la vida y muerte de Maladros», en Romances de germanías, op. cit., p. 109-110.<<

[44] «Apartamiento de Pedro de Castro y Catalina», en Romances de germanías, op. cit., p. 57.<<

[45] Quevedo, Poesía… 732, «Sacúdese de un hijo pegadizo», vv. 21-24.<<

[46] Cervantes, Miguel de, El rufián dichoso, ed. cit., p. 248, vv. 2553-2555.<<

[47] Quevedo, Poesía… 862, «Postrimerías de un rufián» (jácara), vv. 49-50.<<

[48] Quevedo, Poesía… 866, «Las valentonas, y destreza» (baile), 69-72.<<

[49] Lope de Vega, Las flores de don Juan, en Obras, t. XII, p. 173.<<

[50] Lope de Vega, En los indicios, la culpa, en Obras, t. V, p. 289.<<

[51] Quevedo, Poesía… 726, «Instrucción y documentos para el noviciado de la Corte», vv. 45-48.<<

[52] «Romance de Perotudo», en Romances de germanía, op. cit., p. 8.<<

[53] Lope de Vega, La obediencia laureada, en Obras, t. XIII, p. 136.<<

[54] Cervantes, Miguel de, «Al túmulo del rey que se hizo en Sevilla», en Obras completas, ed. Florencio Sevilla, Madrid: Castalia, 1999, pp. 1179-1180.<<




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El habla de un bravo del siglo XVII

ARTURO PÉREZ-REVERTE (Cartagena, 1951), fue reportero de guerra durante veintiún años, presentador de radio y televisión siempre centrado en los ambientes marginales de la calle y al delincuencia, escritor de una columna semanal en la prensa dominical, y es autor, entre otras novelas, de El maestro de esgrima, El húsar, La tabla de Flandes, El club Dumas, Territorio Comanche, La piel del tambor y La carta esférica; y la serie histórica Las aventuras del capitán Alatriste.

Ingresó en la Real Academia Española el 12 de junio de 2003, para ocupar el sillón T (vacante desde el fallecimiento del filólogo Manuel Alvar en 2001).


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